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LA MAGIA DE PUNTA DEL DIABLO
El dedo pétreo de la PUNTA DEL DIABLO, se hunde fino
y elegante entre las aguas verde-azuladas de la mar y desde el Cerro Rivero
la vista es esplendorosa.
La bahía, mansa, descuelga el vaivén de las olas, festoneadas
de espuma blanca, que llegan tímidamente a morir en la arena de la costa...
En las zonas rocosas trepan, pulen se deshacen y vuelven,
mueren y renacen... una y mil veces, en un juego repetido y ancestral...
El multicolor despliegue de casas, ranchos y cabañas
cuelga del Cerro, en un caótico muestrario de inventiva y posibilidades...
Techos de paja, grises de tiempo, se mezclan con tejas,
fibrocemento, cinc o cartón...
Los tonos verdes, celestes, marrones, naranjas y rojos
se trepan a los techos y contrastan con las paredes encaladas o pintadas de
colores pastel...
Sobre la arena de las dunas que asoma entre el caserío,
manchas de vivo color verde se levantan, en los montes de acacias y pinos...
Algunas callejuelas se insinúan, culebreando entre
las construcciones que suben y bajan la ladera del cerro...
Unas pocas lanchas pescadoras reposan sobre la arena,
nostálgicas, aguardando el instante de volver a deslizarse, marineras, sobre
la superficie nerviosa del mar...
El viento sopla del norte, y su brisa fresca mitiga
el calor que anuncia el sol del verano, en un cielo totalmente despejado...
El canto áspero de alguna gaviota, sobrevolando las
nerviosas olas, contrasta con el gorjeo de las veloces golondrinas y el chirriar
de las cigarras en sus refugios del monte...
La brisa goza, peinando los esbeltos capices y los
altos pastos y colas de zorro y se desliza por las hondonadas rozando las
copas de las acacias que han nacido al abrigo de las dunas...
La costa comienza a poblarse de caminantes y adoradores
del sol; algunos optimistas ensayan la pesca desde las rocas...
El día, esplendoroso, hace un marco adecuado a la belleza
del paisaje...
Y allá abajo, PUNTA DEL DIABLO, polémica y mágica,
sigue conquistando enamorados...
EN LOS DOMINIOS DEL VIENTO
Sopla
el viento tenaz, inagotable, inasible torrete desbocado... disgregando el
granito en arenales que se extienden como oro derramado... y peinando los
recios pajonales tierra adentro se interna apresurado...
Durante milenios esta zona de la costa oceánica que
hoy forma parte del Uruguay, estuvo bajo el dominio de los elementos naturales,
únicos custodios de su entorno.
El viento, arquitecto responsable de la conformación
del paisaje actual, fue modelando a su capricho la enorme extensión de dunas,
que desde la orilla misma del océano hasta el borde de la Laguna Negra o de
los Difuntos, se extendía como un enorme y desolado tapiz formando una franja,
larga y dorada que contorneaba la costa del mar.
Junto con la lluvia se transformó en un agente erosivo,
que fueron dando forma a los enormes médanos de fina arena voladora, que según
el capricho aquel mudaban la conformación del paisaje trasladando, en el correr
de unas pocas horas toneladas de los minúsculos granos, hasta formar, en ciertos
puntos donde encontraban resistencia, una nueva duna.
Así, desde las enormes masa pétreas del granito costero,
cubiertas y descubiertas según la dirección de las ráfagas de viento, la arena
fue extendiéndose más y más tierra adentro, formando una sucesión ininterrumpida
de dunas de diversas formas y tamaños, ocasionalmente tapizadas por el verde
de plantas, hierbas, arbustos y árboles nativos.
Entre las laderas de algunas dunas frecuentemente se
formaban pequeñas lagunas, de agua proveniente de manantiales de las zonas
más altas o de depósitos circunstanciales de lluvia, que propiciaban el crecimiento
de variedades de plantas y arbustos, que junto con la fresca condición del
agua pura hacían el sitio muy frecuentado por especies de la variada fauna
autóctona de entonces.
LOS DUROS COMIENZOS
En febrero del año 1935,
la familia de Laureano Rocha, que tenía un pequeño campo en Vuelta del Palmar
y una numerosa descendencia, compuesta por diez hijos, ante la enfermedad
de uno de ellos, Lirio, que sufría de asma, aconsejado por su médico de Castillos,
de que la solución para él, (que corría riesgo de muerte) era llevarlo a la
costa, resolvió construir un pequeño rancho en la zona de los Cerros, en campos
propiedad de la familia Martínez, que colaboró en la edificación de la rudimentaria
vivienda.
En los veranos la familia
se trasladaba a la orilla del mar, donde la salud de Lirio comenzó a estabilizarse
y a fortalecer su organismo juvenil con el aire puro y fresco del océano y
los rayos vivificantes del sol. El jefe de familia se trasladaba también a
su vivienda en los meses de invierno, ya que era un gran aficionado a la pesca,
que en esa época era muy abundante y realizaba con el uso del aparejo y que
servía para aliviar el sustento de su numerosa familia, de humildes recursos.
El ingreso a la zona del
Cerro se realizaba penosamente, en carros tirados por caballos, por caminos
de barro y agua, hasta llegar a los enormes médanos, donde en ocasiones el
vehículo volcaba ante la dificultad que suponía el traslado por las blandas
arenas. El trayecto se realizaba en medio de enormes dunas de arena voladora
y había que marcar el trillo, para poder encontrar nuevamente el camino hacia
la costa.
En el año 1942 se afincaron
algunos pescadores que provenían de Valizas y que empezaron a pescar el tiburón
para vender el hígado a mercados asiáticos. Dichos pescadores ingresaban al
mar en chalanas a remo, prácticamente sin ningún instrumento de guía para
su orientación. Otros pescadores comenzaron a llegar a la costa, edificando
sus ranchos en la zona que queda enfrente a la Piedra
Redonda, bordeando la pequeña bahía ubicada a la derecha de la actual calle
de acceso principal.
Así, muchos orientales
que como la gran mayoría de sus compatriotas, habían vivido de espaldas al
mar, se vieron impelidos por las circunstancias a cambiar su vida de trabajo
precario por la otra vida, llena de peligros, riesgos y esperanzas, enfrentando
al mar verdadero y rugiente, ante la perspectiva de lograr una mejora en el
aspecto económico.
El valor de los hombres y la abnegación de las mujeres
fueron dando forma a una estirpe de pescadores templados a mar y viento, que
le dieron una identidad muy especial al precario asentamiento que se fue formando
en los otrora desolados Cerros.
La tarea no finalizaba al concluir los embarques,
y luego de limpiar el pescado que lograban capturar, sino que debían mantener
en buen estado la embarcación y las redes, que en un principio eran de hilo
de algodón, - mucho más débiles y pesadas que las de nylon, que posteriormente
pudieron conseguir – y requerían continuas reparaciones, que cada pescador
realizaba diestramente con la aguja de remallar, instrumento con el cual ellos
mismos comenzaron a tejer sus propias redes, como lo hacen actualmente. La
preparación del tasajo de tiburón o cazón llevaba su proceso: una vez limpio
el animal, se procedía a cortar filetes que eran sometidos durante
cierto tiempo a la acción de la sal, acomodándose
en capas sucesivas e intercalando nuevas camadas de sal, para posteriormente
prensarlo y luego que estaba suficientemente saturado, someterlo a la acción
del sol, previo lavado con abundante agua dulce, para que secara finalmente.
Aquellos que invirtieron
el fruto de su arriesgada tarea diaria, mejoraron la capacidad de los motores
de sus lanchas, construyeron otras, empezaron a edificar galpones más amplios
y cómodos hasta que llegó el progreso y las construcciones de material comenzaron
a sustituir a los primitivos ranchos de paja y juncos, y las piletas de cemento
lustrado a los cajones de madrea de los primeros saladeros.
Punta del Diablo comenzó
así a vivir una nueva etapa en su camino, con los necesarios cambios para
quienes se afincaron allí pudieran llevar una vida más digna y mejorar las
capturas y la calidad de su producción.
LAS LANCHAS PESCADORAS
Las
lanchas que en un principio utilizaron los primeros pobladores de Punta del
Diablo eran adquiridas por éstos en otros puertos pesqueros. Pero casi enseguida
de comenzar su aventura marina, la necesitad, madre de todas las habilidades,
los incitó a tratar de realizar ellos mismos sus embarcaciones. Fue así que
con la observación y el estudio de aquellas lanchas, algún pescador se fue
“dando maña” para construir las primeras chalanas y así empezó todo….
Las primeras lanchas eran bastante pequeñas y tenían
la abertura de la bodega sobre cubierta muy estrecha, apenas del ancho de
un hombre, y en proa y popa (que eran iguales) habían unos pequeños espacios
llamados “tambuchos” donde se instalaban los pescadores para venir sentados
y poder remar más cómodamente.
Cuando llegaron los primeros motores fuera de borda,
se empezaron a construir las chalanas más grandes, con más capacidad de bodegas
y más comodidad para los tripulantes.
Más adelante se construyó la cabina, lo cual supuso
un progreso grande en cuanto a seguridad y protección en las jornadas de temporales
y mares gruesas.
En la historia de Punta del Diablo, desde sus comienzos
han pasado más de sesenta lanchas por el puerto, la mayoría construidas en
la zona, por pescadores del mismo pueblo.
Estos textos y dibujos pertenecen al libro "Crónica de Punta del Diablo - Memoria e Identidad" del escritor Humberto Ochoa Sayanes. Le agradecemos
a él su gentileza por permitirnos incluir algunos fragmentos en nuestra
página.
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sergio boeira, Brasil Dice
Parabens a este povo que soube fazer de um lugar maravilhoso oferecido por Deus , um lugar simples e aconchegante onde se pode caminhar e frequentar todos os lugares... |
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